viernes, 1 de agosto de 2008

La respuesta a El Espectador o mejor dicho a Laverde

Distrito Especial de Tumaco, Julio de 2008

Señores:
Alejandro Santodomingo
Presidente Junta Directiva Diario El Espectador
Fidel Cano
Director de El Diario El Espectador
E. S. D.



Referencia: Ignominia ante la degradación de un valioso pueblo


Consideramos que la definición de Terrorista, no tiene únicamente que ver con el hecho de que personas o grupos utilicen a la violencia, con el fin de perpetuar escenas y actos de pánico, destrucción y/o muerte con el fin de revalidar sus teorías y propósitos políticos, religiosos, culturales, etc, sino también quien utiliza cualquier espacio, como en este caso, un medio de comunicación, con el fin de infundir en el resto de la comunidad una imagen distorsionada, sesgada y parcializada de una realidad, generando un grave precedente para el estereotipo humano, la construcción de Empresa en la región, entre una gran gama de perjuicios; la columna del 18 de Julio de 2008 escrita por Juan David Laverde Palma, titulada “Postal de San Andrés de Tumaco”, reúne todas las condiciones y características para ser considerada como una apología al terrorismo, ya que sus comentarios soeces que desdicen de la categoría de comunicador social, mancillan la función de responsabilidad social que se imparte en los claustros universitarios y además fomenta la visión de un Tumaco que aleja a los turistas, inversionistas, foráneos, humilla a toda la gente que vivimos en ese Distrito, asemejando a este puerto con los estadios más atrasados que cualquier civilización planetaria habitaré.

El citado periodista manifiesta que Tumaco huele a berrinche, la verdad es que Tumaco es un Distrito con muchas complejidades como las que tiene Bogotá con Ciudad Bolívar, Cali con Aguablanca, Cartagena con Nelson Mandela, donde podemos encontrar olores parecidos, aclarando que no es en toda la ciudad, olores, fruto de la pobreza, la falta de oportunidades y la discriminación, que no tienen que ver con actitudes de la gente per se, sino más bien con el atraso histórico fruto del abandono estatal; argumenta que los Tumaqueños vomitamos basura, no entendemos a que se refiere, pero si aplicamos el silogismo, el entiende que todos los seres humanos vomitamos basura, que pobre concepto, sus argumentos hacen recordar al tristemente célebre Cieza de León, cuando en sus crónicas de la conquista, lo que hacía era llenar de insultos y descalificaciones a Indígenas y Negros.

Argumenta el señor que los Tumaqueños nos reproducimos como Conejos, vale la pena recordar que la tasa de natalidad en este país, ha sido igual de creciente en zonas negras como no negras, basta recordar como se dio la Colonización Antioqueña, tal vez esta muy desubicado y no sabe, que con los tiempos actuales, el prototipo de familia extensa del pacífico ha desaparecido gracias a los malthusianos como él y la violencia y degradación que se producen con actores como Laverde Palma.

Además sus datos sobre el desplazamiento en Tumaco son inexactos y no sabemos de qué fuente los obtiene, ya que Buenaventura que también queda en el pacífico, registra casos más dramáticos de desplazamiento.

Es cierto que hemos vivido bajo el flagelo del narcotráfico, pero no lo es que en todo este tiempo, hayan llegado ríos de dólares a la zona, ya que nosotros hemos sido las víctimas, nuestra función ha sido la de aportar las víctimas, los muertos, los conejillos de indias, pero la riqueza de esa actividad irregular no se ha quedado en Tumaco.

Lo que genera más tristeza de toda esta situación, es que alguien que trabaje para un diario como El Espectador, quien ha sido víctima del narcotráfico y estuvo a punto de cerrarse, como quiera que por un tiempo se convirtió en semanario, no tenga la sensibilidad de solidarizarse con una región sacudida por este orden económico absurdo y en vez de avasallarnos con su falsa retórica de insulsos, desproporcionados y descontextualizados comentarios, pretenda generar un espectáculo de barahúndas alrededor de nuestros defectos.

Tampoco es posible que quiera asimilarnos con la versión más horripilante de las películas del viejo oeste, cuando advierte que todos los días se decomisan más de medio centenar de armas blancas, pues al existir 121 policías, quiere decir que más del 40% de ellos, están reprimiendo el delito, ¡que efectividad!, para tanta violencia.

Relata detalles sobre Wenscelao Caicedo “W”, que se conozca, las actividades de este señor, no se realizaban en Tumaco, sino en la parte norte de la Costa Pacífica, además es muy raro que un señor con el prontuario de W, ande en un taxi, solo, señalamos también que en Tumaco nadie conoce La Casa Rosada y menos donde se pueda encontrar una propiedad avaluada en 2500 millones, al parecer es un contrasentido afirmar que Tumaco se pudre en la inmundicia con propiedades tan suntuosas.

Siguiendo con las imprecisiones y difamaciones, reproduce el supuesto relato de Julián Banguera, al cual lo distingue como miembro de “Global Internacional” cuando en realidad es “Global Humanitaria”, ciudadano que según la transcripción del Periodista Laverde, dice que el estomago de los Tumaqueños ya se adapta a las bacterias que se tragan, nos resistimos a creer que un hijo de Sebastián un corregimiento humilde del pacífico Colombiano, haya dicho tal adefesio.

La Señora Martina, que no vive en un lugar lleno de mierda, sino en una zona de palafitos fruto de la búsqueda de espacios donde pueda encontrar los productos de pancoger que son el sustento para la existencia, al no existir la correspondiente oportunidad de empleo, es una muestra no de la inmundicia y caricaturización de la pobreza que quiere citar el periodista, sino más bien de la fuerza y tesón ante la adversidad que ancestralmente ha caracterizada a la gente afrodescendiente, que sobrevive a pesar del dolor, el sufrimiento, la ignominia, Gente que cree en el futuro y que esta dispuesta a volar sobre el pantano. ¿Por qué no se atrevió a mostrar que Tumaco ha aportado importantes poetas, músicos, deportistas e intelectuales?, ¿Por qué no investigo cómo en ese berrinche, salen personas que triunfan en grandes centros educativos a nivel nacional e internacional? ¿Por qué no muestra la pujanza de tantos Tumaqueños y Tumaqueñas que hacen ver a Colombia muy bien en el exterior? ¿Por qué no indago sobre Rosa Zaraté la gran heroína del sur en la Independencia?

Tal vez le falta conocer que un Tumaqueño compuso la muy indigna, que una Tumaqueña compuso uno de los himnos más bonitos de Colombia, que la hija de una Tumaqueña es la principal organizadora del Mono Nuñez, qué la única Señorita Colombia que ha tenido Nariño es Tumaqueña, que han sido los futbolistas Tumaqueños quienes en toda nuestra tristeza han despertado la gloria y alegría de millones de Colombianos a lo largo de la historia, la Gambeta Estrada, Willington Ortiz, Jairo Castillo, Víctor Bonilla, Leider Preciado solo para señalar algunos, por qué no mostrar que Caliban, Klim, y otros periodistas venían en los años 50`s y 60`s a ensoñar en Tumaco, tal como la Alma Tumaqueña que le da la vuelta al mundo con Tito Cortés o las Noches de Bocagrande, que no son las de Cartagena, sino las de esa Isla que queda en Tumaco. ¿Por qué no mostrar que Rafael Núñez y Santiago Pérez Triana, vivieron en Tumaco y quedaron fascinados con esta hermosa Perla del Pacífico?

Nos resistimos a creer que haya funcionarios y miembros de la fuerza pública, que lancen tan sendos epítetos sobre su propia gente, me parece más un montaje para ganarse los laureles de un triste reportaje, ya que no tiene nada que ver con el sentimiento y pensamiento de los Tumaqueños de bien, quienes amamos y queremos esta hermosa región.

Lógicamente Tumaco no es un remanso de paz, ni tampoco la químera de la prosperidad, pero esto a pesar de que tiene que ver con nuestras propias culpas, como el problema de la movilidad vial es culpa de los bogotanos, como la cultura de la muerte en los años 80`s y principios de los 90`s fue culpa en gran parte de los paisas y los caleños, la gran parte de la misma, tiene que ver con los problemas estructurales del país, la desocupación, la miseria, la falta de oportunidades, es verdad que la corrupción es un flagelo en la región, pero hay que revisar la Historia de Colombia, la Historia de Nariño y la Historia de Tumaco, para que nos demos cuenta, que esta, fue gestada y propiciada, por los grandes señores de FRAC, que muchos denominan “la rancia oligarquía”, que como se sabe no vive precisamente en Tumaco y ha hecho, como lo hace actualmente contubernium con los hijos más nefastos de este puerto. No obstante, la situación de Tumaco o del Pacífico en general no se reducen a las practicas de los gobernantes de turno, es un problema estructural que requiere medidas que den como respuesta la superación de este problema de raíz.

Por último este señor habla de la eventualidad de un posible Tsunami, situación que estamos haciendo todo lo que es posible en la naturaleza humana, para evitar este suceso y de lo cual requerimos la ayuda para la prevención y búsqueda de mejores opciones para evitar una catástrofe.

Lo que realmente Tumaco necesita, es reportajes que muestren que sus playas tienen potencial para atraer a propios y extraños a nivel nacional e internacional, por eso es Distrito ecoturístico, que su biodiversidad ante los desafíos de la globalización la puede llevar a convertirse en una despensa de la humanidad, más cuando se habla de los nuevos retos de la modernidad, que es un terreno propicio para la creación de industrias, que es el puerto alterno del pacífico sudamericano, ante el nuevo orden económico mundial, necesitamos investigaciones que no se conviertan en escenarios de masturbación para periodistas sensacionalistas, que muestren la nobleza de su gente, la pujanza de su espíritu, la inteligencia y la tenacidad son el complemento necesario, para que con la ayuda de otros y nuestro capital humano, construyamos un Tumaco, donde se muestre que no somos berrinche, bacterias y basuras, somos vida, valentía y venceremos la adversidad, porque como dice nuestro himno, debemos proseguir nuestra marcha con la antorcha del amor, nuestra tierra oculta un ayer de tradición, grabada lleva en su historia hazañas de fe y valor, fruto de sangre y de gloria de un pueblo que es luchador (…)

Cerramos esta carta, EXIGIENDO una disculpa pública al Diario El Espectador, por tales comentarios, que estamos seguros son un hecho aislado y no reflejan el pensamiento del periódico.

Diego Angulo Marínez
Abogado

Postal de San Andrés de Tumaco

Tumaco huele a berrinche. Las 71 toneladas de basura que a diario vomitan sus 180 mil habitantes le otorgan a los aires circulares del puerto nariñense ese aroma inconfundible que despiden las letrinas. El tumaqueño promedio ni se da por enterado. Ni le va ni le viene que huela distinto. Su olfato parece estar diseñado ya para soportar sin mayores esfuerzos esos efluvios y otros peores, anidados estos últimos en los barrios marginales del municipio, que son casi todos. Una nariz foránea, en cambio, apenas si puede respirar en aquellos arrabales embasurados sin ocultar una arcada.
Nada nuevo, se diría. Ya parece un lugar común hablar del Tumaco miserable; del enclave cocalero; de las muertes que lo rondan casi a diario; del desgreño administrativo que por generaciones ha multiplicado la catástrofe social; del Tumaco que recibe la porción de desplazados más grande del Litoral Pacífico; del eje estratégico en que se convirtió desde hace décadas para que el narcotráfico desplegara sus siniestros tentáculos a sus anchas; de la ciudad en donde una de cada cinco personas no hace nada porque no hay trabajo; del territorio con unas tasas de natalidad absurdas. No sin razón se dice que los tumaqueños se reproducen como conejos.
El Espectador recorrió de pe a pa el puerto de San Andrés de Tumaco para conocer de buena tinta, más allá de las gélidas estadísticas, la tragedia que lo tiene sin salida. El fantasma del narcotráfico sigue latente, aunque las autoridades aseguren a pie juntillas que no como en otras épocas, cuando circulaban dólares a manos llenas en el comercio tumaqueño y la ‘traquetización’ se tragaba el puerto. “La seguridad se siente. Militares y policías patrullan la ciudad y sus alrededores, pero los muertos siguen apareciendo”, dice una autoridad municipal que “por seguridad” no quiso ser nombrada. Son 121 policías los encargados de velar porque la estela de sangre en el puerto se minimice. Pero los esfuerzos todavía se quedan cortos.
En 2007 fueron asesinadas 114 personas, entre ellas cuatro reinsertados. El último reporte de la Policía, de julio de este año, sostiene que la violencia ha segado la vida de 64 más. La explicación es atribuible a los ajustes entre narcos de antaño que se rehúsan a entregar el dominio del tráfico de estupefacientes en la isla. Los Rastrojos del desaparecido capo Wílber Varela, alias Jabón, son los mandamases de hoy en Tumaco. Heredaron dicho poder tras la entrega de armas y desmovilización del Bloque Libertadores del Sur de las autodefensas, entonces al mando de Guillermo Pérez Alzate, alias Pablo Sevillano, extraditado el pasado 13 de mayo a Estados Unidos por delitos relacionados con el narcotráfico.

Hugo Chacón, dueño de la Funeraria El Palmar, contrariamente sostiene que ya no da plata el negocio de la muerte. “Es más el estigma que otra cosa —dice—. Hay días en que no pasa nada, y se lo puedo probar con almanaque en mano. Apenas ayer trajeron un muchacho”. En abril, sin embargo, 18 personas fueron veladas y enterradas en las cuatro funerarias de Tumaco. Y sus decesos no fueron naturales. A diario —cuenta un oficial de la Policía— se decomisan medio centenar de armas blancas. La escena se sucede con monotonía, porque las cifras de estos hallazgos mantienen su promedio desde hace meses. Es lo único que pareciera mantener un equilibrio numérico en el puerto. “¡Valiente gracia!”, dice con sorna el taxista Edward Castillo, un mulato gastado por los años y atenazado por la estrechez.
“¿Sabe quién era un tipo amplio? Wenceslao Caicedo. Una vez lo transporté y tenía una llanta mala. Apenas terminé la carrera me dio 70 mil barras. ‘Cómprele una llanta al taxi que corcovea muy feo’, me dijo”. Castillo se refiere al narcotraficante tumaqueño que erigió un imperio criminal en el puerto. Su alias: W. Fue detenido en 2005 en Manta (Ecuador) y extraditado a Estados Unidos. Sobre él, como sobre casi todos los narcos en su región, se oyen historias como esta, en las que más parecen mansos Robin Hoods que peligrosos asesinos. La ‘narcoextravagancia’ de W es bien conocida en Tumaco: su residencia, conocida como La Casa Rosada, fue forrada en mármol de Carrara, y fue avaluada por las autoridades en $2.500 millones.
El Tumaco del arrabal
Doña Martina estaba tirada sobre las aguas embasuradas que circundan su desvencijado rancho de madera. A su lado flotaban desperdicios de toda naturaleza. Llantas. Canecas. Vasos desechables. Plástico. Mierda. Se quejaba de que el día anterior el diluvio le había tumbado unos maderos que funcionaban como su patio trasero. Sin ayuda intentó apilar las vigas para reacomodarlas, pero los años le ganaron. Un súbito mareo la tumbó y en medio de la inmundicia se sentó vencida. Sus manos enjutas se agarraron la cabeza en señal de desespero. Su pelo blanco era duro y rizado, como el de una esponja para fregar los platos. Sus vecinos del barrio Panamá la miraban sin inmutarse.
Tardó quince minutos para reunir algo de fuerzas y levantarse. Uno a uno fue midiendo sus pasos mientras apoyaba su mano izquierda sobre un madero de su casa. Sus pies se hundían, uno tras otro, en el lago de porquería que flotaba bajo su hogar. “Estoy ciega”, dice agotada una vez logra asomar a suelo firme. “Me duele la cadera, no veo nada. Hoy no he comido”. Tampoco lo había hecho Ana Patricia Solís, una mulata de 30 años y cuatro hijos. Dos ya se le murieron. Uno se ahogó. Tenía tres años. El otro se fue yendo a destiempos hasta que el hambre lo consumió. Dice ella que se levantó como se durmió, sin nada en el estómago. “Mi marido es conchero. Él trae la comida del día. A veces ni eso”.
Vive en El Morrito. Su espalda ya se acostumbró a la rigidez de la tabla. Duerme en el suelo. Tiene la base de una cama con cinco tablas que usa como tocador. Ahí apila de todo. “Mire”, dice mientras señala una hendija entre los roídos maderos que soportan su rancho. Se puede ver a un perro descarnado mientras olisquea y escarba en los desperdicios que flotan bajo su casa. “No hay trabajo, no hay qué hacer”, remata, y entonces se dispone a darle de comer a su hijo de un año, Daniel Miguel. “Ojalá pudiera amamantarlo de por vida, porque la comida no alcanza”. Y entonces se va. No se sabe cómo comen en estos barrios. Lo poco que consiguen a veces no pueden cocinarlo.
Julián Banguera, de la ONG Global Internacional, dice que en Tumaco la gente vive porque su estómago ya se adaptó a las bacterias que se tragan. “Si comieran limpio, yo creo que sus barrigas rechazarían esa comida”. Son afortunados, explica, aquellos que disfrutan dos raciones de comida. Afuera de la casa de Ana Patricia el panorama se repite invariablemente.

Unos niños juegan con billetes falsos de $5 mil, un marrano de engorde se nutre de lo que encuentra ahí botado, un anciano mutilado observa a la distancia el revuelo de otros viejos a quienes se les va el día jugando cartas y tomando cerveza. El mar allí es color petróleo. “Es natural”, dice Gladis, una líder comunal, “¿no ve que la gente ‘hace’ por ahí, donde puede?”.
Es curioso, sin embargo, que ranchos que están por venirse abajo tengan lujos que parecen excesivos. “Yo he visto techos de cinc sostenidos por parlantes enormes que pueden costar $1 millón. El tumaqueño es así. Acá la gente rumbea con cualquier peso. Desde que haya música y televisor a la gente se le olvida que no comió antier”. La frase es de un policía que prefirió no ser registrado. “Pese a las dificultades la gente va a la playa, se inventa paseos. No sé cómo hacen. Creo yo que ésa es una herencia ancestral del negro. En tiempos de la esclavitud el negro vivía al máximo porque en cualquier momento era vendido o se moría. Tal cual pasa aquí. El 90% de los tumaqueños son afros”, sostiene una autoridad municipal que también se amparó en el anonimato.
Una funcionaria de la Alcaldía puso el mejor ejemplo de la esencia de Tumaco. “Hace 10 años el Gobierno reubicó a muchas familias que hoy viven en los barrios más marginales y en las peores circunstancias. Las sacaron de allí, les dieron buenas casas, en cemento. Y ocurrió que al poco tiempo esas residencias habían sido vendidas por esta gente, que se regresó a sus ranchos. Es como si ser miserables fuera su escenario natural”. La funcionaria también solicitó no ser nombrada. Es como si causara urticaria hablar sin tapujos de las realidades sociales del puerto. “Es el temor que dejó el sello del narcotráfico”, explica Julián Banguera.
A la catástrofe su sumó la maldición de los palmicultores. Doce mil trabajadores fueron despedidos en el último año por la pudrición del cogollo de la palma africana, uno de los motores laborales en la isla. El 70% de las empresas de palma cerraron sus operaciones. Muchos optaron por el mototaxismo. Hoy más de 10 mil personas subsisten así. Otros buscaron mejor suerte como ‘raspachines’. Saben que Tumaco tiene más de 5 mil hectáreas sembradas de coca. La violencia persiste. Con estupefacta pesadumbre lo reconocen las autoridades. “Por el progreso de Tumaco, favor no orinar en este lugar, sea culto”, reza un cartel ubicado en la calle del Comercio del puerto. No se cumple. Allí sí que huele a berrinche.
Tsunamis, un riesgo permanente en Tumaco
Aunque esta población nariñense nació al lado del mar, en Tumaco el peligro más latente viene del agua. Un tsunami podría borrarlo por completo del mapa, así como dejar a sus pobladores en zozobra. Siete de cada diez habitantes de esta localidad viven en zona de riesgo. Los hogares del 53% podrían colapsar por el impacto de la ola, y otro 15% por la licuación de los suelos.
La Comisión Colombiana del Océano ha advertido que si se presentara un episodio de este tipo, Tumaco sería el más vulnerable de los municipios de la Costa Pacífica ante la furia de la marejada. Y es que los antecedentes del municipio no son alentadores: el 31 de diciembre de 1906 un maremoto desapareció casi todo el pueblo, y el 12 de diciembre de 1979 la historia se repitió.
Luego del pánico que provocó un sismo registrado en Perú el 15 de agosto de 2007, los tumaqueños le solicitaron al presidente Álvaro Uribe que su localidad fuera reubicada en una zona más segura. El Mandatario hizo lo mismo con Planeación Nacional, por lo que la entidad, a través del Consejo Nacional de Política Económica y Social (Conpes), aprobó una partida para este proyecto.
Juan David Laverde Palma/